Un año sin comprar ropa

A finales de 2018 nos mudamos de casa. La mudanza fue una oportunidad para compartir objetos guardados que no usábamos y que a otras personas les podía venir bien. Veinte años viviendo en un piso es mucho tiempo durante el que se van acumulando todo tipo de enseres. De la experiencia alegre y positiva que supuso el encuentro con numerosos amigos que desinteresadamente echaron una mano, solo hubo un aspecto que me hizo entrar en crisis: la cantidad de ropa que acumulo.

Tengo una hija de 15 años y un hijo de 13. Cuando miraba el armario de una y de otro, me veía más reflejado en la escasa ropa que guarda mi hijo que en el apretado armario de mi hija. Cuando, irremediablemente tuve que posar la mirada en mi parte del nuevo armario, que es exactamente igual de grande que la parte de mi esposa, constaté que el que más ropa tiene en casa soy yo. Se rompían así los estereotipos que me hacían presuponer que los chicos tenemos menos ropa que las chicas y que soy una persona austera. Toqué fondo cuando se cayó por segunda vez la barra de ropa anclada a la pared, tras poner unos segundos tacos más grandes que los utilizados en el primer intento con el mismo resultado. Pesa tanto mi ropa que unos tacos grandes no son capaces de sostenerla.

En ese momento decidí que en 2019 no iba a comprarme ropa. Vi con mis propios ojos que tenía más ropa de la que necesitaba y que perfectamente podía pasar un año sin añadir ninguna prenda.

Había empezado a comprar ropa de segunda mano tanto en tiendas físicas como a través de aplicaciones móviles, concienciado con las repercusiones sociales (¿cómo no puede haber explotación en una ropa tan barata?) y ambientales (¿cómo salirse de la lógica consumista del usar y tirar de la fast fashion?). En ocasiones incluso encontraba prendas sin quitar la etiqueta: alguien las había comprado y se había desecho de ellas sin llegar a estrenarlas.

A mí eso no me pasa. Soy de los que usa la ropa hasta que realmente está rota. Quizá me dura más de lo que podría ser deseable, aunque éste también es un concepto que, como sociedad, podríamos reconsiderar.

He descubierto que mi perfil de consumidor es del tipo que podríamos llamar “cazador”, porque mi experiencia de compra consiste en buscar la auténtica ganga. No compro porque comprar me haga sentir bien. Lo que me hace sentir bien es haber encontrado algo a un precio tan por debajo de su precio habitual. Lo malo es que, con este perfil, las tiendas de segunda mano donde se encuentran prendas a precios más económicos es un sitio plagado de oportunidades. Y cuando llegan los días en los que quieren liquidar el stock para poner nuevos productos, pueden estar todas las prendas a 1 €. En esas condiciones de compra, y con el tiempo que me dura la ropa, con apenas 10 € soy capaz de poner a reventar el más generoso de los armarios.

Aunque no he llegado a comprar ropa que no me guste o que no me vaya a poner por lo barata que podía encontrarla, sí que ha podido en mi toma de decisión de compra la satisfacción de haber logrado el chollo de turno más que la reflexión acerca de si realmente lo necesitaba.

En este año que ha trascurrido he visto cómo me he ido, como si dijéramos, desintoxicando. Me he conocido mejor a mí mismo y los patrones de consumo de ropa que uso. He conseguido no incumplir mi propósito cuando he entrado en alguna tienda por acompañar a mi familia a comprarse ropa o siguiendo mis hábitos de entrar en alguna tienda de segunda mano cuando pasaba cerca para ver qué tenían… He visto reducido el tiempo que dedicaba a la búsqueda, ya que en las tiendas y aplicaciones de segunda mano no tienen lo que necesitas, ni la talla que te viene bien.

La sensación que he experimentado con esta privación voluntaria es de mayor libertad, al ser capaz de dominar mi pulsión, y alegría al verme liberado de un hábito voraz. Quizá el armario no se está reduciendo tan rápido como me gustaría. Igual se asemeja a la dificultad que se encuentra para perder peso. Lo cierto es que sigo teniendo ropa de sobra para otro año más.

Estaba dudando si continuar con el propósito en 2020. Una vez que he modificado mi hábito de “cazador”, no me costará mucho mantener la nueva actitud adquirida. Quizá lo que me proponga es buscar una ropa con unos principios más acordes con los míos cuando tenga que reponer algún tipo de prenda que se vaya desgastando. Alguna tienda ecológica con valores sociales, cuando no me pueda abastecer de segunda mano. Creo que aunque esté más lejos de mi casa y me lleve más tiempo realizar la compra, con el tiempo que he dejado de dedicar a la búsqueda de oportunidades el balance final seguirá siendo positivo. Seguiré habiendo liberado más tiempo para otras cosas y me sentiré mejor al haber empleado ese tiempo extra en algo más acorde con mis valores.

Tendré que vencer el otro aspecto que me cuesta: gastar más dinero que el que hubiese gastado en una prenda tan barata. Es cierto que, si en lugar de comprar 4 prendas baratas, adquiero solo 1 prenda de mayor calidad, tanto en su confección como en sus valores, el balance también puede llegar a ser de ahorro y de mayor satisfacción. Además me podré sentir contento si logro vencer mi racanería al buscar sobre todo el ahorro, ya que sé que implica explotación a otras personas y deterioro del medio ambiente, por más que la publicidad y la información que facilitan las marcas no lo muestren. Pagar de más pudiendo ahorrármelo y sentirme bien con esa actitud va a ser mi caballo de batalla de este año. Como dice el título del libro de Brenda Chávez “Tu consumo puede cambiar el mundo”, a ver si en 2020 logro cambiar un poquito el mundo, aunque sea empezando por mí.

¿Te animas?

Por cierto, he descubierto que lo que he hecho en 2019 es una tendencia que ya está inventada: el reto de “no-buy year”, o un año sin comprar ropa. Al final hasta soy poco original.

Jorge Gallego

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