Escuchar y dejarse cambiar por dentro: lo que el Papa nos pide para el Tiempo de la Creación

Hace unos días se hizo público, por primera vez por anticipado, el mensaje del Papa Francisco para el próximo Tiempo de la Creación. Como siempre, merece la pena leerlo directamente, y para facilitarlo dejo aquí las cuatro ideas que me parecen esenciales de dicho documento.

Escuchar

El lema para el Tiempo de la Creación de este año es «Escucha la voz de la creación». En estos tiempos que corren, la palabra escucha tiene una carga de significado muy profunda, quizás por lo que carecemos de esa actitud. La llamada del Papa, pues, en primer lugar se dirige a aprovechar este tiempo y las vacaciones que lo preceden para desarrollar esa capacidad de apertura a lo que ocurre y nos ocurre. «Escucha» que es múltiple: con los oídos, con los ojos, con el corazón…

La voz de la Creación

El Papa nos ofrece, además, un objeto muy concreto para dirigir nuestra atención. Se trata de la voz de la creación, una voz que alberga un doble sonido hasta cierto punto contradictorio en su interior:

  • Una voz, en primer lugar, melódica y orquestada, un «canto» constituido por las vidas de cada uno de los seres que integramos la creación en nuestra mutua relación. Una voz que hay que saber escuchar y acoger, y transformar en alabanza al estilo de San Francisco de Asís: «Loado seas mi Señor…»
  • Una voz, por otro lado, rota y dolorida, un «grito» que expresa el sufrimiento de la creación entera y de todos aquellos seres humanos más expuestos a la destrucción de nuestro entorno. Una voz que en estos días vemos expresarse en los múltiples incendios que nos asolan, y en el sufrimiento que originan las guerras y las migraciones. Una voz también multiforme, pero en esta ocasión sin ninguna armonía ni belleza.

Una doble experiencia espiritual surgirá de esta escucha: la primera, la de alabanza agradecida por el don de la creación; la segunda, la de escucha compungida del grito de Cristo en la cruz, actualizado en ese doble grito de la Tierra y de los pobres.

Conversión personal

Si ejercemos realmente esta actitud escucha ante las realidades mencionadas surgirá de nuestro más profundo interior la necesidad de cambiar nuestra vida, de iniciar o continuar un recorrido de conversión ecológica. Cada uno sabrá aquí por donde caminar («el Reino de Dios está cerca»), acompañado de quienes nos rodean en la vida y también de proyectos como la Plataforma de Acción Laudato Si, muy práctica para avanzar por este «camino de purificación» que se nos ofrece.

Conversión institucional

El Papa se dirige también a la «comunidad de naciones» para que se adapten compromisos concretos en relación al clima y la biodiversidad en las dos cumbres específicas que se han de celebrar este año, teniendo en cuenta también las muy negativas consecuencias que el cambio climático y la perdida de biodiversidad tienen sobre sectores de población muy específicos. En esa línea, compromete la firma de la adhesión, por parte del Estado de la Ciudad del Vaticano, a la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático y al Acuerdo de París.

Pero eso no es todo. Se dirige también, muy específicamente, a «las grandes corporaciones extractivas —mineras, petroleras—, forestales, inmobiliarias, agro negocios», para repetirles la petición, que ya les hizo en el «Videomensaje a los movimientos populares», de que «dejen de destruir los bosques, humedales y montañas, dejen de contaminar los ríos y los mares, dejen de intoxicar los pueblos y los alimentos«. Una clara petición de acciones concretas a agentes concretos de gran responsabilidad.

Resumiendo

Hacen falta grandes esfuerzos do todos/as para revertir la crisis medioambiental y social en que estamos inmersos. Y, como ya decía el Papa Francisco en su carta encíclica Laudato si’, «no será posible comprometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria» (216). De ahí que me parezca muy adecuado volver al primer término sobre el que hemos fijado nuestra atención, la escucha, para insistir en la necesidad de acoger en nuestra vida y en nuestro corazón la verdadera situación del mundo. Solo desde ahí podrán brotar las profundas convicciones que nos harán redirigir nuestra vida, individual y colectivamente, hacia el cuidado propio, del hermano y del conjunto de la creación, sin olvidar, por supuesto, a las generaciones venideras.

Ojalá sepamos emplear el preludio veraniego del Tiempo de la creación para pedirle al Señor que se abran nuestros oídos y nuestro interior («Effetá») a esa doble voz de la Creación, y para ejercer esa capacidad de escucha de forma renovada.

Miguel Ángel

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