San Juan Pablo II: la crisis ecológica como crisis moral

Y siguiendo con el Mensaje de Juan Pablo II en la Jornada Mundial de la Paz de 1990, encontramos hoy dos ideas básicas que más tarde desarrollará la Laudato si: la inteligibilidad del designio divino en torno a la creación, y la identidad de la crisis ecológica como crisis moral.

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5. Estas reflexiones bíblicas iluminan mejor la relación entre la actuación humana y la integridad de la creación. El hombre, cuando se aleja del designio de Dios creador, provoca un desorden que repercute inevitablemente en el resto de la creación. Si el hombre no está en paz con Dios la tierra misma tampoco está en paz: «Por eso, la tierra está en duelo, y se marchita cuanto en ella habita, con las bestias del campo y las aves del cielo: y hasta los peces del mar desaparecen» (Os 4, 3).

La experiencia de este «sufrimiento» de la tierra es común también a aquellos que no comparten nuestra fe en Dios. En efecto, a la vista de todos están las crecientes devastaciones causadas en la naturaleza por el comportamiento de hombres indiferentes a las exigencias recónditas —y sin embargo claramente perceptibles— del orden y de la armonía que la sostienen.

Y así, se pregunta con ansia si aún puede ponerse remedio a los daños provocados. Es evidente que una solución adecuada no puede consistir simplemente en una gestión mejor o en un uso menos irracional de los recursos de la tierra. Aun reconociendo la utilidad práctica de tales medios, parece necesario remontarse hasta los orígenes y afrontar en su conjunto la profunda crisis moral, de la que el deterioro ambiental es uno de los aspectos más preocupantes.

No podemos desconectar la acción humana de la integridad del conjunto de la creación, o, dicho al revés, actuar humano y realidad natural están mutuamente implicados. Por ello, no podemos dejar de considerarnos responsables de lo que le ocurre a nuestro mundo.

Pero no somos los cristianos los únicos que percibimos la degradación del medio. Muchos hombres y mujeres a nuestro alrededor también la perciben, y de hecho nos han precedidoen en esa preocupación. No es, pues, misión aislada de los cristianos restaurar el mundo, sino que ha de ser una tarea en colaboración, una tarea de encuentro, respeto y apoyo mutuo.

Y lo primero que salta a la vista es que el daño producido deja entrever con claridad que la naturaleza tiene sus propios principios, que no hemos sabido respetar. Descubrirlos y analizarlos, o más bien, aceptar lo ya descubierto y analizado, nos hará tener clara conciencia del cambio que hemos de producir en nuestro comportamiento.

Y no sólo en los aspectos técnicos de ese comportamiento. Porque la crisis ecológica no es simplemente una crisis técnica; es, sobre todo, una crisis moral profunda. Son nuestros valores de fondo los que habremos de poner en juego.

Miguel Ángel

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