Cuatro experiencias básicas para una espiritualidad en clave ecológica

En el párrafo 216 de la encíclica Laudato si’, el papa Francisco nos propone a los cristianos…

…algunas líneas de espiritualidad ecológica que nacen de las convicciones de nuestra fe... Porque no será posible comprometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin «unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria».

Y es que, si entendemos la conversión ecológica que se nos plantea (o el conjunto de la ecología integral) como algo que anida en el exterior de nosotros mismos y que sólo afecta a nuestro comportamiento externo, es posible que se nos acabe pronto la energía y nos quedemos a medio camino, muy lejos de las «cosas grandes» que se precisan para afrontar este momento de nuestra historia. De ahí que el papa «abra el melón» de la espiritualidad ecológica.

Sin embargo, desarrollar esa espiritualidad ecológica, dotarla de contenido y, sobre todo, poner sus riquezas a disposición del conjunto de la Iglesia, es una tarea que habrá que ir realizando con calma, profundidad y paciencia, a partir de los apuntes que la propia encíclica contiene, de la riqueza de contenidos y experiencias de que ya dispone la tradición de la Iglesia, y del diálogo franco con otras tradiciones religiosas, espirituales y humanas.

Desde un planteamiento muy pastoral, y claramente vinculado a la experiencia humana (a la que cualquier espiritualidad que se precie tiene que dotar de sentido último), nos atrevemos a presentar cuatro experiencias básicas desde las que poder orientar una espiritualidad de corte ecológico, todas ellas con una presencia importante en la Laudato si’.

1. El reconocimiento agradecido de la vida recibida

La vida, cada vida, es un don de Dios para nosotros. No hemos sido nuestros propios artífices, sino que ha sido Dios, a través del complejo entramado de la vida, quien nos ha dado origen. Nuestros padres tuvieron un papel fundamental en ello, por supuesto, pero también todas aquellas personas que colaboraron en nuestro desarrollo, que hicieron posible nuestra salud y seguridad, que nos ayudaron a entender mejor la vida… Tantas y tantas personas, pero también tantos y tantos dones naturales creados, puestos a nuestro servicio en ocasiones a través del trabajo de otras personas…

La vida no es nuestra: se nos ha dado. Y difícilmente podremos entenderla y vivirla en profundidad si no nos hacemos conscientes de ello. Por ahí va la práctica de la «contemplación para alcanzar amor», de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio (230-7). También sería buena idea que cada un@ de nosotr@s construyéramos nuestro propio «cántico de la vida», a imagen del «Cántico de las criaturas» de san Francisco de Asís, que sirve de motivación inicial a la redacción de la Laudato si’. Finalmente, el salmo 104 se presta también para el reconocimiento agradecido de todo lo que nos ha sido dado.

2. La conexión con todo y con todos

«Todo está conectado, todo está relacionado». Se trata de una afirmación que aparece hasta en doce ocasiones a lo largo de la encíclica, y que nos quiere hacer ver cuál es nuestro lugar en la red de vida que es la naturaleza creada. Porque «somos Tierra», estamos constituidos por los mismos elementos que constituyen el cosmos y estamos inmersos en la red de relaciones que lo conforma. Dios nos ha creado en relación y solidaridad con todo lo que nos rodea.

En dos momentos de la encíclica se plantea esa conexión en cuatro ámbitos diferentes, hablando de armonía (a ejemplo de San Francisco de Asís, LS 10) y de equilibrio (LS 210): con uno mismo, con los demás seres humanos, con el resto de la creación y con Dios. Veamos algún aspecto práctico de cada una de esas conexiones:

  • la conexión, la armonía y el equilibrio con uno mismo: mucho se ha escrito al respecto, y no parece que haga falta insistir mucho en la consecución de esta conexión y de este equilibrio con uno mismo. Para no estar viviendo siempre «fuera de sí», sino dentro de uno mismo, donde san Agustín se encontró con la presencia de Dios (Confesiones, libro X, cap. 27, #38). Aprender a vivir y vivirse, a serenarse y a conectar con uno mismo es, pues, un requisito de la espiritualidad ecológica que venimos trabajando, y los ejercicios de meditación guiada y de silencio interior pueden ayudar mucho en esta línea.
  • la conexión, la armonía y el equilibrio con los demás seres humanos: esta ha sido la interpretación clásica que el cristianismo ha hecho de la vida en el evangelio. La parábola del buen samaritano nos coloca en profunda conexión con el ser humano que sufre, conexión que debe ser de profundo amor porque Dios nos ha amado primero y en ese amor permanece en nosotros (1Jn, 4, 11-12), de forma que «donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Una buena oportunidad para mirar y contemplar las relaciones que cada un@ de nosotr@s mantiene con quienes nos rodean y con el conjunto de la humanidad.
  • la conexión, la armonía y el equilibrio con la naturaleza, con el conjunto de la creación: se trata de la «conexión» que puede ser más novedosa en el momento actual, pues se encuentra muy lejana del espíritu occidental en que nos movemos. Recuperar la conciencia de conexión con la Tierra, con el conjunto de la creación, es pues una tarea imprescindible para tratar de comprender la propuesta de la ecología integral. «Somos tierra» (LS 2), como representa muy bien el segundo relato de la creación del Génesis (Gen 2,7); pero tierra animada, vivificada por el Espíritu de Dios, y por tanto con un papel muy específico dentro del conjunto de la creación. Paseos contemplativos en solitario o en grupo, ejercicios guiados de contemplación en la naturaleza y «baños de bosque» pueden ser buenas herramientas para profundizar en nuestra experiencia de conexión con la naturaleza y de participación en una realidad mucho mayor que nosotros mismos (y que de alguna manera adquiere así una dimensión sacarmental) del Misterio que nos envuelve).
  • la conexión, la armonía y el equilibrio con Dios (o más bien en Dios), en quien vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 28): aquí no hay mucho que añadir a lo que viene siendo tradición en el cristianismo, la necesaria conexión con Dios (o apertura a la conexión con Dios, que está siempre presente en nuestra vida) para poder situarnos adecuadamente ante nuestra realidad, reconociéndonos vinculados como hijos y hermanos en el seno de la acción creadora divina. Se puede ejercitar mediante diferentes experiencias de oración, tratando de hacernos conscientes de que no «nos ponemos en la presencia de Dios», sino que nos hacemos conscientes de que estamos, en todo momento, en esa Presencia.

3. La fragilidad y vulnerabilidad compartidas

Muchas veces se nos ofrece, como alternativa al alejamiento que vivimos con respecto a la Naturaleza, una imagen de ésta llena de belleza y perfección… Desde luego que en tantas ocasiones podemos hablar de belleza, y de alguna manera podemos incluso apuntar una cierta perfección en la forma en que la Naturaleza sale adelante a través de tantos acontecimientos y desequilibrios. Pero de lo que no podemos olvidarnos es de que en su seno existe el dolor, la muerte y la imperfección.

Estamos viviendo en este tiempo la vulnerabilidad de nuestra «hermana madre Tierra» al abuso que hacemos de ella, pero también nos topamos con la vulnerabilidad de los ecosistemas, de las especies en riesgo de extinción, de cada animal y cada planta que es víctima de la depredación por el resto de seres vivos y por el propio ser humano… Y de la vulnerabilidad de tantos hermanos y hermanas que sufren, pasan hambre y mueren…

Y de nuestra propia vulnerabilidad.

Si hay algo que nos vincula a todos los seres en el conjunto de la creación, que de alguna manera nos iguala, es esa fragilidad que nos hace vulnerables. Y por eso podemos compadecernos, padecer-con cualquier sufrimiento que se produzca en el seno de la creación, que se produzca en la misma familia humana. Sólo de ahí puede surgir el auténtico cuidado, que de nuevo nos vincula a los otros, a lo otro…

Vivimos en una red de vida, de vulnerabilidad y de necesidad de cuidado(s). Y en esa red quiso encarnarse, hacerse totalmente presente, el mismo Dios… Para acoger nuestra vulnerabilidad. Para salvarnos de la autosuficiencia, en la que con tanta frecuencia caemos, y que nos pone al margen de Dios. Para hacernos hermanos en la búsqueda, torpe y compartida, del bien común…

Qué bien vendría realizar un ejercicio de oración/contemplación en el que ver nuestra fragilidad y vulnerabilidad, individual y colectiva, incluso conectada con la naturaleza, como el lugar en el que se yergue la cruz de Cristo…

4. La escucha del grito de la Tierra y del grito de los pobres

El párrafo 49 de Laudato si es claro:

un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres.

No se puede hacer verdadera política si no es desde el lugar de quienes más sufren en este mundo, sin estar al tanto directamente de ese grito compartido (LS 53) que nos hace cambiar de rumbo. Hay que afinar el oído, pero no sólo el de la cabeza, sino también el del corazón. Dejarse interpelar por ese grito, escuchar la pregunta que nos hace en lo más profundo de nuestro interior. Dejarnos desgarrar, aunque tan sólo sea un poquito, por ese grito, para así poder romper esa corteza que tantas veces nos impide enlazar nuestro corazón con los dolores del mundo, y permitir que todo eso nos mueva al acompañamiento y a la acción. Escuchar «el dulce canto de la creación» no debe hacernos inmune a descubrir también las heridas de ese mismo mundo que llora ante Dios, como nos recuerda el papa en su mensaje para la Jornada Mundial de Oración para el Cuidado de la Creación, que ya hemos comentado previamente en este mismo espacio.

Ya hemos hablado más arriba de la contemplación de la belleza de la naturaleza en los paseos por el bosque o el campo. Pero acercarse a la «disonancia» de la voz de la Tierra, que también tiene su parte de grito, quizás pueda vincularnos aún más a su grito: visitar áreas socialmente deprimidas, acercarse a vertederos y entornos deteriorados…


Bien, pues hasta aquí la propuesta, con algunas sugerencias de actividades que pueden ayudar a trabajar esas cuatro experiencias. A buen seguro que se puede cuestionar la importancia de alguna de ellas, o se puede añadir alguna más, o incluso se pueden priorizar algunas de las mostradas. Pero la propuesta realizada puede ser un buen comienzo para iniciar el trabajo hacia una verdadera espiritualidad ecológica, una espiritualidad que comprenda la experiencia cristiana como experiencia de criatura agradecida, conectada, frágil y abierta al Misterio total que habita la realidad.

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