Espiritualidad en la encíclica Laudato si’

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La encíclica ecológica del papa Francisco ha supuesto un espaldarazo para muchos de los que, desde la perspectiva de la fe, andábamos buscando la forma de integrar el planteamiento ecológico en nuestra vida y en la de la Iglesia. Su apuesta por una ecología integral nos ha conectado con lo más avanzado del movimiento ecologista, aportando una visión creyente católica abierta al mundo y con fuertes implicaciones sociales.

A pesar de que la encíclica incluye un capítulo (el sexto) dedicado a la educación y la espiritualidad ecológica, no son pocas las voces que expresan cierta frustración por no encontrar un desarrollo profundo de esa dimensión espiritual de la ecología desde una perspectiva cristiana. Es posible que la expresión explícita de esa espiritualidad pueda no satisfacer a muchos, pero de lo que no hay duda es de que se pueden encontrar rastros de esa espiritualidad más profunda a lo largo de todo el texto, que no deja de mostrar una serie de convicciones profundas que respaldan las afirmaciones vertidas en el texto.

Encontrar pistas de esas convicciones, y dejarse interpelar por ellas, puede ser una vía para labrar lo profundo de las convicciones ecológicas de un creyente. Y a eso nos disponemos, a dejarnos interrogar, a dejarnos sorprender por el texto, en directo, pero a cámara lenta. Párrafo a párrafo, punto a punto, para que los matices puedan aparecer a diestro y siniestro. Y sin pretender teorizar o sistematizar esa espiritualidad, cosa que otros ya han intentado con mejor éxito, sino tan sólo dejándola fluir y atravesar el corazón. Iremos viendo lo que sale.

El mismo título, “Alabado seas”, ya nos ofrece una pista orientadora del planteamiento de la encíclica. Va a ser difícil captar la profundidad de su planteamiento si no se parte de una convicción profunda, la de una realidad de la que formamos parte pero que a la vez se nos escapa, nos excede, y sólo nos queda la posibilidad de alabarla, adorarla, admitirla, reconocerla. Va a ser difícil acercarnos a la ecología profunda que nos plantea el papa sin el asombro ante el conjunto de la realidad y ante la Presencia que le da sentido.  Si no nos sentimos vinculados a la vez que sobrepasados, es posible que nos quedemos a años luz del contenido de la encíclica. Si no compartimos al menos algo de la experiencia básica de san Francisco de Asís, que le llevaba de la contemplación de la naturaleza y la vida a la contemplación del mismo Dios, algo (mayor o menor) se nos quedará por descubrir.

Preparemos, por tanto, nuestra capacidad de asombro, nuestra capacidad de vinculación y nuestra capacidad de adoración a esta realidad que se nos hace presente en y a través de la Naturaleza y de la vida. Y si alguien se siente animado a compartir sus propias reflexiones, ¡adelante!

Miguel Ángel

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