LS 66. El pecado como ruptura de nuestras relaciones constitutivas

66. Los relatos de la creación en el libro del Génesis contienen, en su lenguaje simbólico y narrativo, profundas enseñanzas sobre la existencia humana y su realidad histórica. Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas. Este hecho desnaturalizó también el mandato de « dominar » la tierra (cf. Gn 1,28) y de «labrarla y cuidarla» (cf. Gn 2,15). Como resultado, la relación originariamente armoniosa entre el ser humano y la naturaleza se transformó en un conflicto (cf. Gn 3,17-19). Por eso es significativo que la armonía que vivía san Francisco de Asís con todas las criaturas haya sido interpretada como una sanación de aquella ruptura. Decía san Buenaventura que, por la reconciliación universal con todas las criaturas, de algún modo Francisco retornaba al estado de inocencia primitiva. Lejos de ese modelo, hoy el pecado se manifiesta con toda su fuerza de destrucción en las guerras, las diversas formas de violencia y maltrato, el abandono de los más frágiles, los ataques a la naturaleza.

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Partiendo de la visión de íntima conexión entre el ser humano, los demás, la creación y el propio Dios, aparece aquí una interpretación del pecado original como ruptura de esa conexión múltiple, que parte sobre todo de la ruptura con Dios, del rechazo del papel de criatura y de la tentación de ocupar, precisamente, el lugar de quien le ha dado la vida. De esa ruptura sólo puede surgir la contradicción interior y, con ella, la contradicción con todo lo que nos rodea: guerras, violencia, maltrato del medio ambiente…

Lo cierto es que esto es una experiencia con la que nos encontramos cotidianamente: una especie de debilidad constitucional que nos lleva a comportamientos que ni nosotros mismos consideramos deseables. Querer ocupar el lugar de Dios es no querer reconocer, en primer lugar, esta realidad, y, en segunda, compensarla con sueños de dominio y fortaleza que corrompen nuestras relaciones terrenas…

Ante el pecado, ante semejante pecado, tan sólo queda el arrepentimiento. Tan sólo reconocer nuestro lugar ante el mundo y ante Dios nos abrirá a la posibilidad de salvarnos, y de salvar a todo lo que nos rodea. Dejémonos, por tanto, acompañar a las profundidades de nuestro pecado por esta emocionante canción judía que hoy proponemos.

Miguel Ángel

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