“Me conduce hacia fuentes tranquilas” (ecoADV2018-12.05)

Algo debió ir mal. Tampoco hemos visto cumplida en ningún momento de la historia la visión de Isaías: un festín de manjares suculentos para todos los pueblos, con la muerte vencida y aniquilada, como fruto de la salvación de nuestro Dios. Llegó el Mesías, Jesucristo, y aunque sí venció la muerte y nos trajo la salvación, la celebración del banquete universal está aún en tránsito, en espera, en este Adviento escatológico en el que nos toca vivir. Sí que fue palpable, en alguna medida, ese banquete escatológico, tanto por la curación de lisiados, ciegos y sordomudos como por las multiplicaciones de alimento, que hoy nos muestra el evangelio, pero hay que seguir haciendo palpable ese banquete en un entorno como el actual, adverso a muchas personas cuya vida, por desgracia, está muy lejana a la felicidad a la que apuntan los “manjares suculentos”.

No tenemos el poder del Hijo de Dios, de Jesús, para poder realizar con semejante claridad esos signos, pero sí que podemos, como hijos de Dios, aportar nuestro granito de arena. Y en ese sentido, hay cuatro actitudes de Jesús en el relato de la multiplicación de los panes y los peces que nos pueden servir de orientación:

  • “siento compasión”: la compasión nos acerca al hermano, a su sufrimiento, a su realidad, y nos la hace sentir casi como propia, vinculados a ella;
  • “pronunció la acción de gracias”: la vida es don, un don que nos hace sentir siempre agradecidos y satisfechos con lo que tenemos, abiertos al otro y a continuar ese flujo del “dar”;
  • “lo partió”: compartir, dar de lo nuestro, vivir la fraternidad y la solidaridad…
  • “y lo fue dando”: hacer de nuestra vida don, apertura, entrega…

A buen seguro que estas actitudes desembocarían en una relación de cuidado: con nosotros mismos, con nuestros hermanos, incluso con el conjunto de la creación. Porque “las convicciones de la fe ofrecen a los cristianos, y en parte también a otros creyentes, grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles“…(LS 61). Un cuidado solícito, amoroso. Un cuidado como el que nos presta el mismo Señor, como pastor que “en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”.

Quizás es eso lo que tengamos que ser: pastores de la vida, pastores de nuestros hermanos, pastores de la creación…

Miguel Ángel

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