Orar desde la conexión

Hace unos días dejé el interrogante abierto: ¿Cómo llevar a la oración nuestra cuádruple conexión? Seguro que habrá muchas formas, y que alguna más se nos irá ocurriendo. Pero una de andar por casa, de poder utilizar a diario en nuestra oración, solitaria o acompañada en comunidad, que admite cualquier tipo de mejora, por supuesto, podríamos estructurarla de la siguiente forma:

1. Buscamos un lugar tranquilo y sugerente para la oración, y nos hacemos conscientes de la presencia de Dios

En muchas ocasiones se escucha decir que orar es ponerse en la presencia de Dios. Y es cierto que la oración y la presencia de Dios van ligadas, pero quizás de otra manera, porque Dios nos está presente siempre, nada nuestro le es ajeno. No se trataría tanto, quizás, de “invocar” al Señor, cuanto de hacernos conscientes de que vivimos en su seno, de que su presencia nos acoge, nos abraza, nos sitúa, nos mantiene en vida, nos rodea, nos traspasa… Así pues, una vez en una posición cómoda y en un lugar adecuado (incluso al que hayamos podido colocar algún símbolo religioso o que nos ayude al recogimiento), quizás baste con hacer silencio, con escuchar la espesura del silencio, con abrirnos a la convicción que todo está lleno de Dios. Quizás pueda sernos útil, o no, utilizar una frase repetitiva (“Estoy en presencia de Dios”) para silenciar la mente, o para enfocarla, o para abrirla a Dios. O arrodillarnos en actitud reverente. O postrarnos en adoración profunda…

Y quizás sea un buen momento de prestar atención a una densa frase de los Hechos de los Apóstoles (17, 28):

En Dios somos, nos movemos y existimos.

 2. Nos hacemos, también, conscientes de nosotros mismos, de nuestra situación vital, de nuestras emociones dominantes

También se nos sugiere en muchas ocasiones que dejemos aparte nuestras preocupaciones, nuestras emociones, nuestros estados de ánimo. Y, desde luego, no es positivo orar siempre desde ahí, porque a veces nos puede impedir la apertura necesaria ante la Palabra de Dios. Si en lugar de apertura ptomarlo de los que la Iglesia nos propone cada díaonemos cerrazón, cerrazón apegada a nuestros asuntos, a su dinamismo propio, perderemos, desde luego, una valiosa ocasión de oración.

Pero eso no quita que asumamos nuestra propia realidad como eso que somos, como eso con lo que nos presentamos en silencio ante Dios. Recoger lo que somos, acogerlo y ofrecérselo a ese Dios que nos espera pacientemente no es más que una buena manera de ponernos en “onda”, en profunda sintonía con el Padre que acoge. Alguna de las dinámicas de conciencia corporal, de respiración consciente o incluso de consciencia de nuestro propio yo pueden ser útiles aquí.

3. Nos hacemos conscientes de nuestra conexión con todo el género humano

No nos presentamos solos ante Dios. No nos presentamos solos porque, ante todo, somos conexión: conexión con las personas que han hecho posible nuestra vida, con aquéllas a las que nosotros ayudamos y con aquéllas otras, en definitiva, con las que compartimos inquietudes, debilidades, esperanzas y limitaciones; al fin y al cabo, con todas las personas de nuestra Tierra. Somos una más entre todas ellas, y esa es nuestra realidad.

Ahora bien, para no quedarnos en lo abstracto, para no incurrir en una “conciencia impersonal” de fraternidad, podremos traer en este momento cada vez a una realidad personal diferente: la de personas cercanas a mí cuyas vivencias me son más o menos cercanas, la de personas no tan cercanas pero de las que puedo conocer testimonios sobre su situación… Quizás sea este el momento de hacer la “primera lectura” de nuestra oración, acudiendo a alguno de esos testimonios humanos, para acercarnos a la experiencia humana, profundamente humana, de otras personas que sufren y esperan como yo, en situaciones parecidas o completamente diferentes, o que se organizan para defender ideales que compartimos o que, por el contrario, enfrentamos… No podemos hacer acepción de personas, todo ser humano es nuestro hermano, aunque nos odie, o aunque nos ame.

Dios hace salir el sol sobre buenos y malos (Mt 5, 45)

Esta sería, entonces, la parte que más necesitaría de preparación previa al momento de oración. Buscar algún material (de campañas de solidaridad, de documentales, de ONG…) que puedan acercarnos la experiencia humana, sea la de aquéllos que sufren, la de aquéllos que necesitan o, sencillamente, la de aquéllos que, piensen o no como nosotros, comparten nuestra experiencia humana de limitación y posibilidades. Algunas posibilidades:

  • Algún “corte” de video (o su texto) de las películas “Human”, que ofrecen diferentes testimonios de maltrato, violencia de género, abusos laborales, etc.
  • Búsquedas en internet con los términos “testimonio” e “inmigrantes”, “refugiados“, “hambre”, “ebola“…
  • Incluso podríamos, en algunas ocasiones, buscar también testimonios de personas con comportamientos que nos parezcan injustos, incluso ilegales, como por ejemplo los de personas que defienden comportamientos xenófobos, machistas o criminales… No se trata de compartir sus posiciones, ni mucho menos apoyarlas, sino tan sólo de tener presentes y tratar de comprender a cualquier ser humano. Como decíamos más arriba, “Dios hace salir el sol sobre buenos y malos”, y tener presentes en la oración a quienes provocan daño y dolor es también tener presente a la especie humana en su totalidad, con sus limitaciones y contradicciones
  • Finalmente, también se puede hacer memoria de casos cercanos de sufrimiento, alegría, etc. Son personas cercanas, que también nos importan, y mucho…

4. Nos hacemos conscientes, por último, de nuestra vinculación con la Naturaleza

La Tierra, la Naturaleza en conjunto, es nuestra casa común. Es la que soporta nuestra vida, la que comparte nuestra misma materia, la que hace posible la vida. Como repite tantas veces el papa en la encíclica Laudato si, es “nuestra casa común”, y somos parte de ella. Tanto, que también tendríamos que tener en cuenta que somos casa para otros seres  humanos, para otros seres vivos, y ello nos tendría que hacer preguntarnos cómo somos casa común para quienes nos rodean…

Damos gracias por nuestra casa común, por la casa que son los otros para mí, por la casa que puedo ser yo para los otros… E incluso, en alguna ocasión, podríamos hacer también una lectura, la “segunda lectura” de nuestra oración, que haga referencia a esta conexión constituyente del ser humano con el resto de la creación…

5. Conscientes ya, globalmente, de nuestra realidad, nos abrimos a la Palabra de Dios

Ahora que hemos renovado la conciencia de lo que realmente somos, podemos abrirnos en toda nuestra realidad a lo que Dios quiere decirnos a través de su Palabra, principalmente de un texto del Evangelio, o de otros libros de la Biblia, o incluso de algún otro texto con dimensión sagrada (lecturas espirituales, poemas místicos, etc). Deberíamos tener en cuenta que, en una oración que se precie de cristiana, la palabra explítica de (o sobre ) Jesús que nos ofrece el evangelio tendría que tener un lugar privilegiado.

Podemos elegir nosotros el texto, o bien tomarlo de los que la Iglesia nos propone cada día. Lo maduramos y masticamos en silencio, y desde él recapitulamos toda nuestra realidad y la damos sentido, o la dejamos ser interrogada, o nos abrimos a la petición o la acción de gracias.

6. Conclusión

Tras ese ratito de silencio, es hora de cerrar nuestro rato de oración, formulando expresamente, si así lo deseamos, lo que nos haya ido surgiendo, y compartiéndolo con otros si estamos orando en grupo o comunidad. Finalmente, una oración compartida como el Padrenuestro, puede cerrar nuestra “oración desde la conexión”.


Hasta aquí esta sencilla propuesta. Cualquier sugerencia será bienvenida. Pero, sobre todo, cualquier experiencia que nos ayude a hacernos conscientes, cada vez más, de nuestra cuádruple conexión.

Miguel Ángel

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