LS 11. Mirada de asombro a la realidad

11. Su testimonio [de san Francisco de Asís] nos muestra también que una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano. Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores «invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón». Su reacción era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo económico, porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, «lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas».

Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento. Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio.

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Se desgrana ahora una de las actitudes básicas del testigo, que san Francisco de Asís encarna a la perfección: la capacidad de asombro, estupor y maravilla ante todo lo creado, el sentimiento de fraternidad ante todo lo que nos rodea. Supone, de alguna manera, una mirada “religiosa” a la realidad, consciente de la totalidad que nos transciende y que se manifiesta en cada una de las criaturas de la naturaleza. De ahí que san Francisco no sólo quedara maravillado con el sol, la luna, los pájaros, sino que incluso entrara en comunicación con ellos y, a través de ellos, con el mismo Creador. Se encuentra así con la esencia de lo humano: realidad integrada en la Naturaleza, porque es parte de ella, pero consciente de que la propia Naturaleza es un don que le supera. Es difícil así caer en una relación de utilización y explotación de la realidad, que quizás debería ser reconducida a una relación de ordeño cuidadoso de lo que la realidad nos brinda.

¿Cuál es nuestra mirada hacia la realidad que nos rodea? ¿Hacia la Naturaleza? ¿Cuál nuestra mirada a las personas que nos rodean: a nuestra familia, a nuestra comunidad? ¿No hay algo de sagrado en todo ello?

 

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