6. Las siguientes páginas no pretenden resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos. Entrego esta encíclica social como un humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras. Si bien la escribí desde mis convicciones cristianas, que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad.
Que todos somos hermanos es algo que los cristianos tenemos claro, aunque nos resistamos a practicarlo. Aún más, es posible incluso que nos resistamos a concebirnos a nosotros mismos como hermanos de todos, y así podemos hacernos un pequeño caparazón que se resista a esa convicción. Por eso es bueno dejarnos interrogar, en este momento en que, como bien dice el Papa, hay en este momento tantas y tantas formas de tratar de eliminar e ignorar a otros… incluso entre quienes dicen ser Iglesia. Por desgracia, hasta aquí fallamos como hermanos, y con ello fallamos también como cristianos.
Quizás por eso se comprenda la necesidad de un sueño de fraternidad. Porque si no nos resistiéramos a la convicción de que nosotros mismos somos hermanos antes que otras muchas cosas, ese sueño se estaría haciendo realidad. Ojalá que la encíclica, y que este camino que vamos compartiendo, nos haga ponernos en marcha. Porque hay sueños que merecen la pena palparse, tocarse, conocer como reales. Y presentarlos a los demás, que pueden también beneficiarse de ellos, a la vez que colaborar en su construcción activa.
¡Bienhallados en este camino de y hacia la fraternidad!
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