Las lecturas nos ofrecen hoy un Dios grande, infinitamente más grande que la mayor de nuestras tragedias o preocupaciones, de nuestras alegrías y esperanzas. Todas ellas caben en él, y aún es mayor su capacidad, por tanto, de acogerlas, comprenderlas y perdonarlas. De ahí que no sea extraño que Dios sea fuerza inagotable para los que en Él esperan. Asumir su grandeza y esperar en Él: ¡qué imagen más grande del Adviento!
¡Y qué imagen más afortunada del ser humano!: realista, que acepta su propia limitación y miseria, su vulnerabilidad, y la pone en manos de ese Dios siempre más grande… ¡Qué poco temor nos habría de quedar si tuviéramos esa plena confianza en Él!
De ahí que el salmo nos invite a la bendición del Señor, que siendo mucho más grande que nuestras culpas las perdona de entrada, y que incluso nos salva de la fosa. De ahí también que el Señor pueda ser refugio y descanso de los cansados y agobiados.
Si realmente nos sintiéramos humildes de corazón ante la grandeza de Dios, ante la grandeza de la propia creación, otras actitudes dirigirían nuestra vida. Y, probablemente, ni habríamos llegado a dañar tanto la naturaleza ni habríamos creado tanto sufrimiento «colateral» en los seres humanos:
«La desaparición de la humildad, en un ser humano desaforadamente entusiasmado con la posibilidad de dominarlo todo sin límite alguno, sólo puede terminar dañando a la sociedad y al ambiente. No es fácil desarrollar esta sana humildad y una feliz sobriedad si nos volvemos autónomos, si excluimos de nuestra vida a Dios y nuestro yo ocupa su lugar, si creemos que es nuestra propia subjetividad la que determina lo que está bien o lo que está mal» (LS 224).
Pero estamos a tiempo de reconducirnos y de llegar a ser reino en este mundo. Con nuestras torpezas y limitaciones, sí, pero mostrando un Dios que nos acoge en lo más profundo de las mismas.
Miguel Ángel