Preocuparme del impacto de mis desperdicios

¡Cuántas veces nos hemos enfadado, y mucho, por encontrarnos con heces de perro en la acera! ¿No es cierto que nos acordamos del dueño que, insensible, no ha tenido problema en dejarnos ese regalito en medio de la ciudad?

Pues algo así hacemos nosotros con los residuos que generamos en muchas ocasiones. ¿Nos preocupamos de dónde acabarán los metales tóxicos de los aparatos electrónicos que desechamos? ¿Nos preocupa el daño medioambiental de los productos químicos con los que lavamos la ropa o la vajilla, nos aseamos a diario o incluso nos lavamos los dientes? Pues alguien (humano o no humano) los encontrará algún día en medio de su vida, en una de las “aceras” por las que transitamos a diario.

Tengamos cuidado con nuestra basura, y tengamos cuidado de dónde la dejamos. Y tengamos cuidado también, por cierto, de nuestros malos humos y de nuestros arrebatos de cólera, que tantas veces arrojamos al medio que nos rodea y a las personas que están a nuestro lado… Las lecturas de hoy nos hablan del “buen estilo” de quien lleva a Dios en su vida:

Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana (1Pe 5)

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar (Sal 22)

 

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