Somos casa común

La encíclica Laudato si, sobre el cuidado de la casa común, ha sido ampliamente reconocida como una buena muestra de reflexión ecológica integral, que sintoniza perfectamente y a la vez con lo mejor del compromiso ecológico moderno y de la tradición espiritual cristiana. Desde ahí, presenta en intima conexión una ecología de corte más medioambientalista, centrada en la contemplación y el cuidado de la Naturaleza (considerada como creación y expresión de Dios) y otra de corte claramente social, mostrando la profunda interrelación entre los seres humanos y la creación, de la que al fin y al cabo forman parte.

Precisamente, uno de los errores en que se puede incurrir al leer la encíclica es entender que en ella lo fundamental es la parte medioambiental, y que la dimensión social tan sólo aparece como acompañante, llevando al descuido de esta última y, a mi juicio, a una deformación del mensaje papal. Y parte de la clave puede estar en cómo, personalmente, nos colocamos ante la realidad, ante la propia Naturaleza y ante Dios.

En cuestiones como la ecológica, es fácil caer en la tentación dualista, según la cual los seres humanos estaríamos ante (y frente a) una realidad compleja, como es la Naturaleza, pero distinta de nosotros, por lo que podríamos reducir toda la problemática a considerar cuál es nuestra actitud ante la misma. La Naturaleza aparecería así como destinataria de nuestra acción, objeto a cuidar y contemplar que, en el mejor de los casos, nos abriría a contemplar en ella retazos de la presencia divina, de la creación, y en el peor, a una víctima más de la acción humana.

Un paso más lo damos cuando reconocemos la Naturaleza, nuestro planeta, como “casa común”. Nos sentimos implicados con ella al reconocerla como nuestro hábitat necesario, hábitat a la vez compartido con el resto de seres humanos, y podemos así posicionarnos de manera utilitarista, reconociendo la necesidad de no deteriorarla aún más y de conservarla, e incluso mejorarla, para las generaciones futuras.

Hasta aquí seguimos colocándonos ante la Naturaleza, aunque este “ante” sea más un “dentro” que reconoce nuestras intensas relaciones con ella. Pero aún podemos dar un paso más, si reconocemos, como no nos queda otro remedio, que incluso nosotros mismos somos parte de esa realidad, de esa “casa común” que tenemos que cuidar y contemplar. Desde ese punto de vista podemos entender cómo, efectivamente, no hay separación posible entre la ecología medioambiental y la ecología humana, sino que ambas están intrínsecamente relacionadas.

Somos, pues, “casa común”, parte del entramado de relaciones en el que viven, conviven, muchas otras personas y criaturas, y muchas de ellas sobreviviendo en condiciones de gran penuria, escasez y violencia. Cuidar la casa común supone, por tanto, cuidar cómo somos casa cada uno de nosotros, cómo influimos en las vidas de otras personas, como contribuimos a que se sientan acogidas y acompañadas en su medio. Y descubrir ahí un reto que va mucho más allá del mero cuidado de algo externo: cuidamos de nosotros mismos, de nuestra humanidad y de la red de relaciones que nos mantiene vivos. Ojalá que también contribuyamos a que nos mantenga con dignidad, a mantenernos con dignidad. A todos y a todas.

Miguel Ángel

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