La tarde del sábado la dedicamos enteramente a tocar tierra en la experiencia vivida, y a hacernos conscientes y trabajar con nuestra forma de vida. Porque la verdadera espiritualidad no se queda en las nubes, sino que aterriza en (y se retroalimenta de) hábitos y prácticas concretas de vida. Y una vez introducidos en la experiencia orante con y desde la Creación, era el momento de analizar el grado de coherencia de nuestros estilos de vida con esta espiritualidad de comunión que se abre, en la ecología integral, al conjunto de la creación.
Para ello, contar entre nosotros con José y Pili, promotores de Tierra Habitada, es un auténtico lujo. Aunque José había preparado un pequeño guión para motivar, en la primera mitad de la tarde, el trabajo personal en torno a estilos de vida solidarios y coherentes con nuestro ser (en la) creación, se replanteó la dinámica hacia un diálogo abierto en el que se iban compartiendo inquietudes y prácticas, con pasos dados por unos que estimulaban a otros a plantearse sus propias posibilidades de cambio, y enriqueciéndonos mutuamente todos/as: porque el que más y el que menos ya había dado sus pequeños pasitos, y quizás sin llegar al nivel de compromiso de Pili y José, todos y todas pudimos aportar nuestros truquillos, nuestras reflexiones, nuestras «recetas». Un intercambio realmente enriquecedor, que dejó bien prendida su semilla en las vidas y actitudes de quienes allí estábamos.
No costó mucho, por tanto, recoger todo eso en una oración de vísperas que nos había preparado Juan Pablo, adaptando para ello la vísperas del día al contenido ecoespiritual del retiro.

Y tras un pequeño refrigerio, nos pusimos de nuevo en faena, concretando en esta ocasión nuestra reflexion compartida en torno a un aspecto concreto, pero importante, de la vida cotidiana: nuestra alimentación. Primero desde una reflexión motivadora del propio José Eizaguirre, que nos invitaba a sentirnos agradecidos por ese don de la Creación que es «el pan nuestro de cada día, y después desde un tocar, sentir y contemplar cómo esos recursos de la naturaleza se convierten, «con el trabajo del hombre y la mujer», en pan y otras viandas que nos alimentan. En concreto, dedicamos un ratito a amasar el pan y a prepararlo en moldes para que fermentara durante la noche y, al día siguiente, pudiéramos hornearlos para comer, realmente, del trabajo de nuestras manos. Toda una experiencia (espiritual, por supuesto) en relación a algo tan básico en nuestra vida.
Hecha la tarea, recogimos el espacio utilizado, donde después compartimos la cena, y nos fuimos al salón de Casa San Martín a esponjarnos mutuamente con lo recogido por cada uno/a de quienes compartíamos esos días.
