Preparar la Cuaresma con el Papa (III)

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA DE 2019

«La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19)

2. La fuerza destructiva del pecado

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.


Continuando con esta pequeña anticipación de la Cuaresma que estamos realizando a partir del mensaje del papa Francisco para este año, y después de haber tratado el papel de “mediador” de la salvación que, para la creación entera, tiene la redención del ser humano, el Papa nos acerca ahora a las consecuencias del pecado humano sobre esa misma creación. Y pone el acento en lo que surge cuando dejamos de ser conscientes, precisamente, de ser parte de esa creación y obra gratuita del creador. Comenzamos a usar la creación como mero instrumento a nuestro servicio, o más bien a nuestro capricho. Como nos dice en Laudato si’ 122,

Un antropocentrismo desviado da lugar a un estilo de vida desviado… Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo.

Y así ocurre lo que nos cuenta el libro de la Sabiduría (2, 5-10):

Paso de una sombra es el tiempo que vivimos, no hay retorno en nuestra muerte; porque se ha puesto el sello y nadie regresa. Venid, pues, y disfrutemos de los bienes presentes, gocemos de las criaturas con el ardor de la juventud. Hartémonos de vinos exquisitos y de perfumes, no se nos pase ninguna flor primaveral, coronémonos de rosas antes que se marchiten; ningún prado quede libre de nuestra orgía, dejemos por doquier constancia de nuestro negocijo; que nuestra parte es ésta, ésta nuestra herencia. Oprimamos al justo pobre, no perdonemos a la viuda, no respetemos las canas llenas de años del anciano.”

La intemperancia y el todo-ya se convierten en el criterio, y nos conducen al abuso de la Naturaleza y al abuso de los demás:

La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses (LS 123).

De ahí que el jardín se haya transformado en un desierto…

Escuchad la palabra de Yahveh, hijos de Israel, que tiene pleito Yahveh con los habitantes de esta tierra, pues no hay ya fidelidad ni amor, ni conocimiento de Dios en esta tierra; sino perjurio y mentira, asesinato y robo, adulterio y violencia, sangre que sucede a sangre. Por eso, la tierra está en duelo, y se marchita cuanto en ella habita, con las bestias del campo y las aves del cielo; y hasta los peces del mar desaparecen. (Os 4, 1-3)

…y al ser humano se le hace más difícil la vida en la Tierra:

Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. (Gn 3, 18)

El pecado rompe la conexión que el ser humano tiene con los demás, con el resto de la creación y con el propio Dios. Queda así descentrado, desorientado, desvinculado, des-hecho… Con vínculos solo de explotación sobre los demás, él mismo acabará explotado. Zygmunt Bauman lo describe muy bien en “Vida líquida”.

Y no olvidemos: el ser humano es cada uno de nosotros/as. No estamos hablando de otros, de otras, cuando hablamos de explotación: nosotr@s mism@s acabaremos explotad@s.

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